Soy venezolano.
Crecí viendo cómo un país puede perder su libertad de a poco. Las instituciones, la confianza, la forma de vivir juntos. Vi lo que desaparece cuando una historia deja de poder contarse.
Por eso no creo en las historias como una frase bonita. Creo en ellas porque sé lo que cuesta el silencio.
Llevo más de veinte años contándolas. Para marcas, para artistas, para causas, para gente. Aprendí que una buena historia puede vender un producto, encender una emoción o recordarnos quiénes somos — y que las tres cosas importan.
Hoy las herramientas cambian más rápido que nunca: la IA, los nuevos motores, los sistemas que ayer parecían imposibles. No me obsesiona ninguna en particular. Me obsesiona encontrar la mejor forma de contar lo que hay que contar. A veces es una producción. A veces un sistema. A veces algo que todavía no tiene nombre.
Lo que no cambia es para qué lo hago.
Quiero seguir construyendo historias que conecten, que entretengan, que muevan algo. Y cuando haga falta, historias que defiendan lo que hace posible una sociedad libre.
Porque ya vi lo que pasa cuando nadie las cuenta.